Crecí en los 80. Con la vida llena de
colores neón, pelos encrespados a fuerza de toneladas de spray, leggins,
tshirts, gafas, hombreras y la mejor música de todos los tiempos. Crecí
viendo “The Goonies”, bailando “Girls just wanna have fun”, cantando las
canciones de Madonna y pensando que mi casa era un escenario. Jugué en la
calle, me caí mil veces, corrí detrás de mis primos y bailé las canciones de
Menudo y de Los Chicos en la sala de mi casa. Crecí en los 80 y no
sé lo que es el Ritalín, aunque de seguro tengo ADD, estoy casi convencida, para
mi bastaba una mirada terrorífica de mami para que yo quedara quieta y en
cintura en -3 segundos. Crecí en los 80 y mis vecinos eran parte de
mi familia. Las fiestas en mi casa eran casi fiestas de la calle porque
venía el primo, del vecino, del amigo de la casa de al lado y al final era un
rumbón en el que había gente de todas partes. Crecí en los 80 y corría
bicicleta por la calle (nada de eso de “bicijangueo”) traté los patines,
pero resultó ser un desastre termonuclear tamaño monumental que nunca volveré a
repetir (lo pienso y me vuelven a doler las coyunturas). Crecí escuchando
salsa y rock por culpa de mis tíos y terminé cocola/rockera e irremediablemente
musical. Crecí en los 80 sin saber lo que era el miedo a
salir a la calle a jugar, conociendo a todos mis vecinos, jugando en sus
casas y queriéndolos como si fueran parte de mi familia. Crecí en los 80
y brincaba jugando Mario en el Nintendo. Brincaba y pegaba gritos como si
fuera yo misma a caerme por el precipicio cuando Mario no agarraba a coger el
chavao’ elevador. Crecí en los tiempos más fabulosos y me da penita que
mi sobrina crezca en los tiempos en los que los niños ya casi no juegan en la
calle (aunque me alegra que ya no nos hagamos la ola en el pelo... de esa se salvó).
lunes, 15 de abril de 2013
jueves, 4 de abril de 2013
Baloncesto
Soy fanática del baloncesto.
No, no de la NBA, lo siento. La NBA nunca me ha gustado, y nunca he entendido
ese afán por los Lakers o por Jordan. Ok,
whatever. Sue me! Yo me enamoré del Baloncesto Superior Nacional cuando Julio Toro dirigía el
equipo de Ponce y se ponía rojo como un tomate al gritarle a los jugadores:
"¡un hijo se hace en tres segundos, puñeta!" cuando el juego estaba a
ley de 3 minutos para terminarse y Ponce iba perdiendo por 6 puntos; cuando los
del público, incluyéndome, coreábamos: "Dieeeego, Dieeeeego" para que
entraran a Diego Meléndez al juego a repartir burronazos. Yo era feliz cada vez
que veía a Churumba en su silla gritando y levantando los brazos como yo lo hacía.
Desde mi silla, si estaba en el Pachin Vicéns, peleaba con los árbitros y de
cuando en cuando me unía a los que gritaban: "árbitro, cuchillero". Lo sé, soy ponceña, y ese orgullo que me corría
por las venas cuando Ponce ganaba un campeonato no tenía precio. Y sí, lo
confieso, también tenía un crush con Charlie Lanauze. Vamos, que yo era teenager y todas teníamos un
crush con algún jugador a esa edad.
Cuando no podía ir al juego lo veía desde la sala de mi casa, con los mismos gritos y la misma emoción. A veces escuchaba el juego por radio, y al día de hoy, todavía recuerdo los anuncios... “No cometa falta, use Right Guard” Ese talento sobrenatural de narrar al momento los juegos siempre me ha volado la cabeza. Vea un juego sin un buen narrador y después me cuenta.
Cuando no podía ir al juego lo veía desde la sala de mi casa, con los mismos gritos y la misma emoción. A veces escuchaba el juego por radio, y al día de hoy, todavía recuerdo los anuncios... “No cometa falta, use Right Guard” Ese talento sobrenatural de narrar al momento los juegos siempre me ha volado la cabeza. Vea un juego sin un buen narrador y después me cuenta.
Yo era feliz en los juegos, arbitraba desde mi silla, pegaba gritos y brincaba como una loca cuando mi equipo ganaba. Había algo de la adrenalina y orgullo mezclado con un tanto de amor.
Ir a ver un juego era toda una experiencia. Casi siempre iba con mis primos y mi hermana
y salíamos de allí eufóricos. El martes,
después de muchos años, voy a ver un juego de baloncesto, en vivo y a todo
color. Leones v. Cangrejeros. Esta ponceña que vive en San Juan va directo
a la boca del lobo. La verdad es que
ando toda emocionada y ya quiero que sea martes. Voy con mis amigas y no les voy a decir que me
creo árbitro desde la silla y que canto las jugadas y grito y me paro y brinco
y me emociono. A mí me gusta el
baloncesto, aunque mi espalda diga que no.
lunes, 4 de marzo de 2013
Yo soy
Mi nombre es Helga
Lorena. Mal contados tengo como 9
apodos. La gente que quiero me llama
Lorena, Lory, Lo, Lore, Loren, Lorenza, Lorraine, Helguis (which I hate, pero
de quien viene no me molesta ni un poquito), Tití Helgs (Edmaris y Kay), La
Presi y Srta. Red (mis amigos de La Vaca), Mita (así me dice mami), Helga
Lavinia (tío Anibal, nadie más me ha vuelto a llamar así), Helguita, y lately,
Helgorio (que se lee Jelgorio, y me encanta porque soy así alborotosa y me río
duro). De seguro tengo alguno más, pero
la idea está clara, me llaman de muchas formas.
Es que tengo muchos sombreros. De
pequeña, en primer grado, quería ser astronauta, luego en segundo, quise ser
ingeniero, en tercer grado, gracias a la lucha de mi abuelo contra el cáncer,
decidí ser oncóloga, porque mi mente de 9 años no lograba entender cómo mi
abuelo tan grande y fuerte, se deshacía en pedacitos frente a mí, y yo tenía
que hacer algo. Ya de grande entendí que
viviría deprimida y que las fuerzas no me daban para tanto. Más tarde, en la escuela superior, quise ser
escritora e ingeniero, logré ser escritora, lo de la ingeniería no se me
dio. Empecé a estudiar Matemática pura
en la Universidad, todo iba bien hasta que un día ¡puff!, me apagaron el chip,
y ya nunca volví a entender los números (y sí, uso la calculadora para las
sumatorias más tontas porque no confío en mí con los números). De ahí mi salto a las Humanidades. En mi bachillerato fui inmensamente feliz,
quería ser profesora y escribir libros.
Un día Mayra Santos Febres me preguntó que para quién escribía y le
contesté que para mí, porque escribir es mi terapia. Eso ha cambiado un poco, pero la idea de
leerme yo misma frente a un público me sigue dando vértigo, es casi como
quitarme la ropa frente a un salón lleno de personas que no conozco, y yo soy
liberal, pero ni tanto. Por eso siempre
digo que el día que yo publique algo voy a reunir un grupo de la gente que más
quiero para que me lean.
Después del
bachillerato me hice abogada. Soy abogada
porque mi profesión me permite ayudar a la gente… abogada del pueblo una vez me
dijeron y así me siento. La satisfacción
más grande es que al final del caso mi cliente me abrace y me diga gracias… eso
me renueva las energías para seguir adelante, aún cuando hay días en que pierdo
la fe. Soy abogada, sí, pero antes soy
escritora y humanista, libre, soberana y tropical. Mi profesión no determina quién soy como
persona. Soy dada, quizás un poco de más
porque me gusta que la gente que es importante para mí lo sepa.
Mi visión de la
vida es práctica. Si quiero hacer algo,
tener un gesto o un detalle con alguien importante para mí, lo hago pensándolo
en su acepción más simple. Si te quiero
y te veo triste, de la nada puedo aparecer con un chocolate y no quiere decir
nada más que quiero que te animes y que veas que hay razones para ser feliz… y
el chocolate es una de ellas. Estoy
programada para resolver problemas, eso sí se lo debo a la abogacía, resolver situaciones
de la forma más eficiente posible en la menor cantidad de tiempo. Eso me gusta y no es nada del otro
mundo. Si alguien que quiero necesita
algo y yo lo tengo, no tengo ningún problema en darlo, nunca he sido apegada a
las cosas materiales y no voy a serlo ahora.
Tampoco me importa el dinero, si lo tengo y lo puedo compartir, lo
hago. Mi visión de la vida es sencilla,
en todas las facetas de mi vida, sencilla en todo, sin complicaciones. Y quien no pueda entenderme o ver más allá de
lo que se ve por encimita, too bad, que le vaya bonito. No pretendo controlar la vida de nadie, porque
no me gusta que controlen la mía. Sí,
soy líder, y no pido disculpas por eso, ni por nada de lo que soy. No me gusta la indiferencia, ni la
mediocridad, no lo tolero. Tengo muchas
ganas de hacer algo para lograr un cambio en mi país y en el mundo (sí, todavía
me queda algo de idealista). Quiero escribir
más, mucho más, bailar más salsa, reírme todos los días, prender velas e
incienso porque me gusta, cocinar para la gente que quiero, seguir con los pies
en la tierra, cultivar más amistades, escuchar música nueva, aventurarme, tomar
champagne en la playa, ir más al cine, vivir un día a la vez y ser feliz, sin
complicarme la vida pensando en cosas que no tienen importancia ni en lo que va
a pasar mañana, si hoy es lunes, quiero vivirme el lunes, ya si no se acaba el
mundo, bregaré con el martes cuando llegue… porque siempre he visto la vida de
una forma sencilla y éste no es el momento para empezar a verla de una forma
diferente.
lunes, 18 de febrero de 2013
La Vaca
Luego de haberme graduado de la Facultad de
Humanidades de la IUPI, por cosas de la vida terminé trabajando en la oficina
de dos abogadas que, o tuvieron mucha fe en mí, o sencillamente me vieron la
desesperación en la cara… yo necesitaba un trabajo y ellas me lo dieron. Nunca llegaré a agradecerle suficiente por
ello. Allí se me prendió en el sistema
la vena jurídica, como digo yo, y aunque ya había empezado la maestría en
Estudios Hispánicos, di un cambio radical y terminé aplicando para la Facultad
de Derecho. Fue ahí que me cambió la vida.
Estudiando Derecho conocí personas
espectaculares que, más que amigos, se han convertido en mi familia. ¡Hasta tenemos un bufete! Claro, sin registrar, ni oficina, ni nada,
pero tenemos un bufete desde el primer semestre de estar estudiando en la
Facultad. Creo que es la primera vez que
escribo algo con intención de publicarlo que cuenta la historia de mi familia
jurídica. La Vaca Interventora, PSC… ese
es nuestro bufete y de cuando en cuando pensamos cómo podemos hacer de ese
nombre un nombre que suene a firma de abogados para cuando finalmente todos nos
asociemos y decidamos abrir LA oficina.
Yo sé que en un futuro - quiera Dios no muy lejano – haremos algo
juntos. Nuestro ganado – porque así nos
llamamos – está compuesto de abogados que no parecen abogados… jangueamos en
chinchorros, somos cocolos, unos cuantos cantamos y nos queremos infinitamente. Basta que uno diga que está pasando algo para
que todo el mundo se desborde de amor y cariño.
Del bufete yo soy “La Presi”, como me bautizaron ellos, porque de alguna
manera, me ha tocado la feliz tarea de mantener el ganado unido. No me quejo.
Me encanta darle amor a esos 13 seres que se preocupan por mí, me
tongonean, me dan abrazos infinitos, me envían mensajes tan grandes para mí
como “estoy contigo, te quiero”, me invitan a un chinchorro, me pagan un whiskey
y me preguntan si estoy bien, gente que me invita a beber champagne a la orilla
de la playa para apoyarme en mi divorcio, gente que me dice “amiga, te ves
hermosa”, gente que me da espacio para llorar y que de la nada me llaman para decirme
que se puede, gente que se mantiene on call las 24 horas por si necesito algo,
gente que hace un hueco en su agenda, que de por si es cargada, para almorzar
conmigo porque les preocupo. Son ellos
los que hicieron mi camino en la Facultad mucho más llevadero. Son ellos los que ahora hacen que todo sea
más sencillo, porque el amor que me dan es tanto, que es otra cosa. Gracias a ellos mantengo los pies en la
tierra, no se me han subido los humos y mantengo la fe en mi trabajo. Gracias a ellos todos los días soy más fuerte
y me rio más, gracias a ellos sigo creyendo que podemos, así en inclusivo,
hacer la diferencia… porque somos abogados, que no parecemos abogados, somos
gente humana que mantiene los pies firmes en el suelo y podemos ver más allá
de lo que dicen los libros. Por eso,
cada vez que termino un caso y mi cliente me abraza y me da las gracias, en mi
cabeza recuerdo a mis 13 compinches, porque gracias a ellos estoy donde estoy y eso nunca lo voy a olvidar.
A ustedes mi abrazo, ¡Gracias totales!
La Presi
domingo, 17 de febrero de 2013
Abanicos
Amo el sonido de los abanicos. Sí. Esos de pedestal que
suenan a brisa forzada. Quizás mi amor por ellos empezó en los días en que
tenía que quedarme a dormir en casa de mi papá cuando era pequeña. No sé bien
qué edad tenía. La verdad es que los recuerdos de ese tiempo son difusos. El
asunto es que el único sonido con el que lograba "distraerme" para
poder dormir era ese. Me imaginaba los giros de las aspas y me
"hipnotizaba" hasta perder la conciencia.
Ahora
a los 35 años intentar dormir en un lugar sin ruido se me hace imposible.
Cuando viajo a la casa de mi hermana duermo con audífonos escuchando una mala
imitación de un abanico electrónico.
Ahora en mi nuevo apartamento hay un extractor constante del que estoy
enamorada, porque me quiebra todos los silencios y me hace compañía.
Sin
algo que me interrumpa los silencios ensordecedores, no sé manejarme. No sé si
es fobia al silencio o que simplemente nunca he logrado poner mi mente en
blanco, y en los silencios, la voz en mi cabeza se escucha de forma más fuerte.
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